Por SILVIO HERASME PEñA
Hace ya muchos años, en las elecciones el 1986 cuando todos pensábamos que ganaría Jacobo Majluta -algunos todavía creemos que ciertamente ganó- cuando me llamó el licenciado Bernardo Vega a raíz de publicar LA NOTICIA -el diario que entonces yo dirigía- para advertirme de que publicar encuestas triunfalistas podría complicar las aspiraciones de Jacobo.
El consejo de Bernardo lo he conservado desde entonces porque Jacobo aparecía en esa encuesta con un 47% y Balaguer aproximadamente con un 42%. Pero se registraba un voto indefinido del 11%. Son cifras que recuerdo de memoria, pero están más o menos ajustadas a la realidad de entonces.
Debo recordar ñaunque supongo que los políticos de ahora lo recuerdan que Jacobo resultó derrotado por unos 20,000 votos y se le entregó el triunfo a Balaguer. También es bueno apuntar que a Jacobo nunca le contaron los 82,000 votos que recibió con el doble rayado. En lugar de dar esos votos como expresión de reafirmación, se les consideró nulos porque incluía el rayado por el PRD y La Estructura, de Andrés Vanderhorts.
Esa fue solo una de las múltiples artimañas que se hicieron para que Majluta no accediera al poder. Más argucias se levataron en el PRD que en el reformismo de Balaguer.
Hoy parece ser que se está presentando al doctor Leonel Fernández con unas cifras de aceptación que sobrepasan abrumadoramente a su más cercano contrincante, el ingeniero Miguel Vargas Maldonado.
Es posible que las encuestas real y efectivamene estén arrojando esas cifras, pero en el manejo de las mismas se debe tener un especial cuidado porque podrían desalentar a votantes que creyeran que “estamos ganados comoquiera”.
Y podría darse el inusitado caso de que muchos se quisieran economizar el trabajo de ir a votar porque “ya eso tá ganao”.
Resultaría, si eso fuera así, que podría convertirse la promoción de un optimismo exagerado en un factor contrario. Impúdicamente indeseado para los intereses del candidato oficialista. Las tácticas políticas en todas partes son bien conocidas cuando de reforzar el voto duro se trata.
Sin proclamarlo -cosa que podría crear desazón en la opinión pública- se puede realizar campañas de ajustes del voto, de manera directa en un operativo eficiente sin tener que ofender a nadie, especialmente a los sincebleros que ven una amenaza hasta en su propia sombra.
Lo que menos le conviene a los intereses políticos de Leonel Fernández es darle pretexto a sus oponentes de que utiliza él, o sus seguidores, los recursos que pertenecen al Estado.
En realidad creo que el Presidente Fernández es mucho más inteligente que eso; y tiene la cultura necesaria para comprender lo que en cada coyuntura social o política, le conviene más a su causa.
Recconocemos que algunos vividores se muestran más “papistas que el Papa” y se adelantan en acciones y desazones que si bien no comprometen necesariamente la responsabilidad del Presidente de la República, ofrece el pretexto a algunos de aquellos que le adversan.
Desde luego, nadie puede sustraerse al oportunismo rampante que suele hacer olas en períodos electorales. Incluso algunos que suelen presentarse ahora como “adalides” de los derechos del pueblo.
Se debe reconocer que estamos en una campaña electoral en donde no hay violencia; no vemos el indeseado escenario del pasado balguerista en donde generales recorrían el país realizando reuniones políticas como pasó en el 1970 en San Juan de la Maguana, Barahona y otras comunidades.
Tampoco se han visto a militares activistas con banderolas en la punta de sus fusiles, como ocurrió en el 1974. Acción que determinó la abstención del Acuerdo de Santiago en las elecciones de ese año.
Eso era violencia de verdad, no juego de imberbes como ocurre ahora. Para quienes hemos estado viviendo en el exterior, nos sorprenden las diatribas de elementos que están en la televisión dedicados a enlodar con epítetos a la persona que preside el país. Es lo más inédito que se ha visto en esta campaña. Las viejas prácticas son difíciles de desterrar, pero las malas nuevas prácticas erizan los pelos.
El excesivo triunfalismo podría hacerle más daño a la causa del Presidente reeleccionista que las expresiones de los nuevos deslenguados que proclaman a voz en cuello que defienden los “intereses del pueblo”. Ojalá se comprendan estas observaciones y que la campaña política de este año sea el inicio de la lucha política civilizada del país, sin necesidad de sufrir una violencia en los medios que no se siente ni se observa en la sociedad.
A nadie le gusta perder, pero todo el que va a una justa debe saber que puede ganar y puede perder. Y aceptar una derrota siempre es de “caballeros”. Es cardinal comprender que después de las elecciones el país continuará en la búsquda infinita de su felicidad.
El autor es periodista y diplomático. Fue director del desaparecido periódico La Noticia.
domingo, 30 de marzo de 2008
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